El amor y el ego no se sientan en la misma mesa.

Nadie es más importante que el propio proyecto.

Hay una frase que repito con frecuencia:

El amor y el ego no se sientan en la misma mesa.

La utilizo cuando hablo de parejas, de familias, de equipos y, especialmente, de profesionales.

Porque una boda reúne muchas sensibilidades, muchas expectativas y también muchas personas acostumbradas a defender su criterio. Hay chefs, diseñadores, fotógrafos, floristas, músicos, espacios, agencias, productores y responsables de diferentes áreas. Todos han sido elegidos por alguna razón. Todos tienen una experiencia, una mirada y una reputación que proteger.

Eso es positivo.

Un gran proyecto necesita profesionales con personalidad, criterio y capacidad para defender una propuesta.

El problema comienza cuando el criterio deja de estar al servicio del evento y el evento empieza a estar al servicio del criterio de alguien.

Cuando ya no se trata de aportar, sino de ocupar.

Cuando ya no se trabaja para construir algo juntos, sino para demostrar quién sabe más, quién decide, quién aparece, quién firma o quién recibe el reconocimiento.

El ego no siempre entra haciendo ruido. A veces llega disfrazado de excelencia.

El ego no es lo mismo que la ambición

Conviene diferenciarlo.

Querer hacer un trabajo extraordinario no es ego. Proteger la calidad de un servicio tampoco. Defender una decisión técnica, negarse a ejecutar algo inseguro o explicar por qué una propuesta no es viable forman parte de la responsabilidad profesional.

Tener una firma reconocible no es un problema.

La experiencia tampoco.

La autoridad, bien ejercida, ofrece tranquilidad.

El ego aparece cuando proteger la firma importa más que proteger el proyecto.

Cuando una persona deja de escuchar porque considera que su trayectoria le concede siempre la razón. Cuando una modificación necesaria se interpreta como una falta de respeto. Cuando colaborar se percibe como ceder poder. Cuando la presencia de otro profesional con talento genera amenaza en lugar de oportunidad.

Existe una enorme diferencia entre decir:

Esta decisión puede perjudicar el resultado y necesito explicar por qué.

Y decir, aunque no se pronuncie literalmente:

Esto debe hacerse como yo digo porque mi nombre está por encima de la dirección del proyecto.

La primera postura protege al cliente.

La segunda protege una identidad profesional.

Una boda no es el escaparate privado de sus proveedores

Es natural que una pareja quiera compartir su boda.

Vivimos en una época en la que las celebraciones también se recuerdan a través de fotografías, vídeos, publicaciones y contenidos. Las parejas pueden querer que su boda sea vista, reconocida o admirada. No hay nada necesariamente frívolo en ello.

La boda les pertenece.

La dificultad aparece cuando somos los profesionales quienes necesitamos protagonizarla.

Cuando un fotógrafo condiciona el horario completo para obtener una imagen que favorezca su publicación, aunque perjudique la experiencia de los invitados.

Cuando un chef construye un menú pensando más en demostrar técnica que en el ritmo del servicio, la temperatura o las necesidades reales de la celebración.

Cuando un diseñador se niega a adaptar un montaje aunque interfiera con la circulación, la seguridad o el trabajo de otros equipos.

Cuando una agencia trata de controlar todos los relatos para que el evento parezca exclusivamente suyo.

Cuando un espacio defiende su forma habitual de trabajar incluso cuando el proyecto exige una respuesta diferente.

Cuando un proveedor desacredita a otro para reforzar su propia posición.

Nada de esto suele presentarse abiertamente como una lucha por el protagonismo. Se expresa mediante retrasos, silencios, información retenida, decisiones que no se comparten, instrucciones contradictorias o pequeñas resistencias que terminan afectando a todo el equipo.

Y, casi siempre, alguien acaba pagando ese conflicto.

Normalmente, el cliente.

Los grandes nombres no garantizan un gran proyecto

Una boda puede reunir al mejor chef, al fotógrafo más reconocido, al florista más solicitado y al espacio más deseado.

Y aun así no funcionar.

Porque un gran evento no es una colección de nombres.

Es un sistema.

Cada decisión afecta a otra. La altura de una estructura puede condicionar la iluminación. La iluminación modifica la fotografía. Los tiempos de fotografía afectan al catering. El servicio del catering condiciona el programa artístico. Los movimientos de invitados influyen en la seguridad, el sonido, la temperatura y la percepción general del evento.

No existe una parcela completamente independiente.

Por eso, cuanto mayor es el nivel de los profesionales implicados, mayor debería ser también su capacidad para trabajar dentro de una dirección común.

El talento individual suma cuando comprende el conjunto.

Cuando no lo comprende, puede convertirse en una fuerza que desordena.

He visto proyectos complicarse no por falta de presupuesto ni por falta de experiencia, sino porque algunas personas necesitaban demostrar continuamente su autoridad. También he visto relaciones profesionales construidas durante años desaparecer por decisiones tomadas desde el orgullo, la inseguridad o la incapacidad de reconocer un error.

El ego puede llevarse por delante una relación con un socio.

Puede destruir la confianza entre empresas.

Puede impedir que se comparta información esencial.

Puede sostener una mala decisión durante demasiado tiempo porque rectificar se interpreta como perder.

Y en producción, mantener una decisión equivocada por orgullo suele ser mucho más caro que corregirla a tiempo.

Rectificar también es una forma de excelencia

Existe una idea equivocada de la autoridad profesional.

Parece que quien dirige debe tener siempre la respuesta exacta y no puede modificar una decisión. Que reconocer una alternativa mejor debilita su posición. Que ceder ante un argumento sólido significa perder control.

Yo pienso lo contrario.

La verdadera autoridad consiste en saber escuchar sin perder la dirección.

En distinguir entre una opinión y un riesgo real.

En rectificar cuando aparece información nueva.

En reconocer cuándo otra persona sabe más sobre un área específica.

En aceptar una propuesta mejor sin necesidad de apropiársela.

No necesito que todos los equipos piensen igual. De hecho, un proyecto mejora cuando existen miradas diferentes.

Pero sí necesito que todos comprendan cuál es el objetivo común.

La discusión profesional es necesaria. La lucha por el territorio, no.

El cliente no debe gestionar los conflictos de sus proveedores

Una pareja no debería enterarse de que dos empresas no se entienden.

No debería recibir versiones enfrentadas de una misma decisión.

No debería convertirse en árbitro entre profesionales.

No debería sentir que necesita cuidar el ego de alguien para que su boda salga bien.

Y tampoco debería asumir el coste emocional de relaciones deterioradas que no le pertenecen.

Las diferencias deben resolverse dentro del equipo y bajo una dirección clara.

Eso no significa ocultar información importante. Significa filtrar el ruido y comunicar al cliente aquello que realmente afecta a su proyecto, acompañado de una solución.

La dirección no existe para imponer silencio. Existe para evitar que la complejidad interna se traslade a quienes han contratado el evento.

Los novios pueden tomar decisiones, cambiar de opinión, dudar, emocionarse o sentirse desbordados. Están viviendo algo profundamente personal.

Los profesionales, en cambio, tenemos la obligación de sostenerlo con madurez.

El ego también puede aparecer en quien dirige

Sería demasiado sencillo hablar del ego de chefs, fotógrafos, diseñadores, espacios o agencias sin incluir a la persona que dirige el proyecto.

La dirección también puede equivocarse.

Puede apropiarse de ideas ajenas.

Puede confundir liderazgo con control absoluto.

Puede utilizar al equipo como una extensión de su imagen.

Puede necesitar ser reconocida como autora de cada detalle.

Puede escuchar únicamente para responder y no para comprender.

Dirigir no significa ocupar el centro.

Significa conseguir que cada persona llegue a tiempo, comprenda su función, disponga de la información necesaria y pueda ejecutar su trabajo en las mejores condiciones posibles.

La dirección debe ser visible en el resultado y, muchas veces, casi invisible durante la experiencia.

Está en todo lo que sucede sin fricción.

En las decisiones que se tomaron antes.

En los problemas que no alcanzaron al cliente.

En el talento que pudo trabajar sin competir.

En la calma que existe porque alguien conoce el conjunto.

El objetivo no es demostrar quién manda.

El objetivo es que el proyecto funcione.

La colaboración no elimina la autoría

Trabajar dentro de una dirección común no significa borrar las firmas.

Un chef debe poder expresar su cocina.

Un diseñador debe aportar su lenguaje.

Un fotógrafo debe tener espacio para construir una mirada propia.

Un espacio debe proteger su patrimonio, sus instalaciones y su equipo.

Una agencia debe defender la coherencia del proyecto.

La colaboración no exige renunciar a la identidad. Exige comprender que ninguna identidad puede imponerse destruyendo las demás.

Los mejores profesionales que he conocido no eran necesariamente los que más hablaban de su importancia.

Eran los que sabían exactamente lo que aportaban y no necesitaban reducir el valor de nadie para demostrarlo.

Escuchaban.

Preguntaban.

Advertían de los riesgos.

Proponían soluciones.

Defendían su trabajo con firmeza, pero también entendían cuándo debían adaptarlo.

Y, sobre todo, no olvidaban nunca para quién estaban trabajando.

El verdadero lujo es un equipo sin ruido

Durante mucho tiempo se ha asociado el lujo en las bodas con el tamaño, la abundancia, la exclusividad de los espacios o el reconocimiento de los proveedores.

Pero hay una forma de lujo mucho más difícil de conseguir:

reunir a grandes profesionales y lograr que trabajen sin convertir su talento en una lucha por el protagonismo.

Que el cliente no perciba tensiones.

Que la información circule.

Que las decisiones se tomen por el bien del proyecto.

Que nadie necesite vencer a otro.

Que cada firma pueda reconocerse sin romper la unidad.

Que el resultado sea mayor que la suma de sus partes.

Una boda no debería convertirse en el escenario donde los profesionales resuelven sus inseguridades, defienden antiguas rivalidades o compiten por la fotografía que publicarán al día siguiente.

Hay una pareja celebrando algo que considera importante.

Hay familias que han esperado durante meses.

Hay invitados que han recorrido cientos o miles de kilómetros.

Hay una inversión económica y emocional enorme.

Eso debería bastar para recordar cuál es nuestro lugar.

Todos pueden tener firma. Nadie puede ser más importante que el proyecto

El ego no desaparecerá del sector de las bodas.

Existe donde hay talento, dinero, exposición, presión y reconocimiento. Forma parte de cualquier industria creativa y de cualquier entorno donde muchas personas brillantes deben trabajar juntas.

La cuestión no es fingir que no existe.

La cuestión es saber dirigirlo.

Poner límites.

Crear procesos.

Definir responsabilidades.

Escuchar el criterio experto sin entregar el proyecto a una suma de intereses individuales.

Y recordar, cada vez que una conversación deja de tratar sobre el cliente y empieza a tratar sobre quién gana, quién aparece o quién tiene razón, algo muy sencillo:

El amor y el ego no se sientan en la misma mesa.

En una boda todos pueden tener firma.

Pero nadie puede ser más importante que el proyecto.

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